RETROSPECTIVA
María Esther Becerra.
Correo del Caroni

Hace 20 años dejamos muchas de nuestras aspiraciones en los techos de obra limpia, en la luz indirecta del tragaluz del patio central, en las hojas caídas de los jabillos, en el verdor matinal que se divisaba a través de las ventanas anaranjadas.

Hace dos décadas quedaron muchos de nuestros anhelos en la tiza húmeda del aprendizaje, en los borradores de los errores, en los riesgos escénicos de las tarimas, en el girar incesante de los ventiladores.

Fueron los años de la aparición del bigote, de la llegada de la
menstruación, de los besos fortuitos, de las ilusiones ganadas, de los engaños desmentidos.

Fueron los años de la apuesta, del riesgo, del chiste, de la honestidad, de la oración, de la confirmación, de Nekuima.

Fueron años de oro los que hoy recordamos, y para muchos los mejores años que hemos pasado entre amigos; algunos desde kinder; otros desde bachillerato.

Si a la memoria vamos, quién no recuerda los poemas de Rosa Camelia, las impecables clases de Susy, la educación cívica de Azócar, la conciencia del Padre Azarta, el carácter de La Huerta, la crítica de El Ñato.

Si a la memoria vamos, quién no recuerda el inglés de Rafael, las
canciones de June, la aritmética del negro, las combinaciones químicas de Armas y de Olivares, la teoría de la percepción de Aura, la mecanografía de Marta, las rocas de Soledad, las recomendaciones de Berecivar, el reino animal y vegetal de
Dionisia.

Si a la memoria vamos, quién no recuerda el credo del padre Moreta, el legado de los griegos y los romanos de Iramia, la apreciación del arte de Beatriz Legaza, la Doña Bárbara de Leyda, la literatura americana de Amarilis.

A todos ellos nuestra inmensa gratitud; a las maestras y profesores, a los sacerdotes y civiles, a todos quienes hoy nos acompañan en esta especial mañana de junio, por haber dedicado parte de sus vidas a nuestra inigualable formación ciudadana.

Ya fuera de clase, quién puede olvidar las noches variadas y criollas de las semanas de colegio, las elecciones estudiantiles, las tómbolas, el teatro, los desfiles, los martes de misa.

Fueron los años cuando muchos de nosotros aprendimos a manejar, a tomar el carro de la casa para dar una vuelta por el colegio, a tomar un cigarrillo a escondidas, a inventar unas pocas travesuras desmedidas.

Inspirados en seguir adelante, con los bolsillos preñados de sueños, nos dedicamos a la Universidad, al trabajo, a las relaciones sociales, a fundar hogares, a crecer cada uno por su lado, a reconocer la gran diferencia entre libertad y libertinaje, a palpar lo que significa querer de pronto y amar para siempre, a experimentar lo imposible y lo realizable, a vivir el cambio y descubrir lo que podemos y lo que no podemos cambiar.

Aprendimos a ser hombres sin dejar de ser niños, aprendimos a ser mujeres sin perder la dignidad.

Luego de cuatro quinquenios, hoy vemos con asombro los cambios que nos colocan en un antes y en un después.

Ya de vuelta a nuestro patio, resaltan los contrastes. Ayer era el papel multigrafiado, hoy son las impresiones en láser. Pasamos del teléfono por cable al celular con cámara digital, de la máquina mecánica de escribir a la laptop inalámbrica, de los canales nacionales de televisión a los programas universales del cable, del partido político tradicional a un nuevo esquema de gobierno, de la idea de pobreza al conocimiento exacto de una pobreza extrema; de una Venezuela Saudita a una Venezuela con sabor a Cuba.

Hoy 20 años después nos escuchamos en los correos electrónicos. Nos reímos desde Grecia, desde España, desde los Emiratos Árabes Unidos, desde Miami, desde Houston; nos reímos desde Caracas, desde Valera, desde Valencia, desde Puerto La Cruz; nos reímos desde Maturín, desde Ciudad Bolívar, desde Puerto Ordaz. Nos reímos y nos emocionamos desde todas partes.

Y sucede en este reencuentro, como pasa con las nuevas tecnologías, que las distancias han muerto, para darle vida a este nuevo paradigma de comunicación, la de unirnos para hacer algo más que una fiesta.

Ante tantos cambios, fuimos y seguimos siendo los chicos buenos de siempre; y hoy sentimos una especial emoción. Es como si hubiéramos guardado por todo este tiempo un tesoro, que luego de todos estos años ha crecido inmensamente en intereses, en afectos que desbordan una celebración; un valor que siente grandiosas ganas de plasmarse en la humanidad.

Hoy, como lo prometimos en el auditorio hace justo 20 años, regresamos a Guayana para engrandecerla, con la alegría natural de querer hacer algo por ella.

Hoy regresamos con una nueva convicción: la de permitirnos ayudar a otros, con el esmero desinteresado de sentirnos solidarios.

No estamos aquí por casualidad, sino porque hemos hecho que esto
sucediera; como podemos hacer que otros logros más sean posibles.

¡Qué viva el buen humor entre amigos, qué viva la inteligencia emocional entre hermanos; y la acción sostenida entre familia!, porque de todas todas, como dice un verso de un himno que aprendimos: " Loyola Soy".

Y desde nuestro fuero interno decimos: "Loyola Somos".

Muchas gracias.